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domingo, 20 de mayo de 2012

Aprender del mundo


Vivimos en un mundo maravilloso. No tenemos más que salir a la calle, alzar la vista al cielo y ver cambiar los colores con los que el sol tiñe las nubes. Si paseamos, hay árboles que con su oxígeno permiten que sigamos aquí. La hierba, los animales, los insectos. La magnificencia de la naturaleza, de todo lo que está vivo.

Dicen que el ser humano es inteligente. Sin embargo, no sólo oprime, satura y abusa de este mundo hermoso que se nos ha regalado por alguna razón que no conocemos, sino que además se autodestruye a sí mismo. No tenemos más que salir a la calle, volver la vista a un lado, para ver que hay gente tirada en el suelo, que es su casa. Si paseamos, muchos comercios han cerrado. La desgracia del ser humano, la tristeza, la ira, la intolerancia, los prejuicios, el poder, la avaricia, la pereza e incluso el odio existe entre las personas.

El mundo no es nuestro, sólo somos parte de él, y sin embargo nos creemos los dueños. Esto ocurre a todas las escalas, incluso dentro de la especie humana, en la organización, la jerarquía. El orden es necesario, pero no debe ser sinónimo de opresión. El universo entero sigue un orden... cada astro, planeta, planta, animal, tiene su misión, la cual no es ni menos ni más importante que otra. Todas son necesarias para el equilibrio. 

Quizá deberíamos detenernos un momento, contemplar el mundo en el que vivimos y aprender de él, de los animales, de las estrellas. ¿Es que no somos capaces de tener un orden equitativo entre nosotros, donde nadie sea más que nadie, tenga la misión o función que tenga, en nuestro sistema?

Cuando salgo de la facultad o voy al centro, o viajo a otro país y veo a gente pobre, pienso que es la señal más evidente de que aún nos queda mucho por aprender.

jueves, 19 de abril de 2012

Hoy es diferente

La gente entra y sale de la facultad. Todo sigue igual. Un día más. El sol brilla para unos y para otros son las nubes grises las que toman el protagonismo.

Cada persona es un mundo, aunque a veces parece que se olvida la pertenencia a un mismo universo.

Jóvenes risueñas acceden al edificio hablando de temas de efímera importancia. Y, a la vez, allí está ella, entre un par de motos y un coche, de espaldas al reloj de la vida.

Nadie se ha dado cuenta de que hoy es diferente.

Está sola.

No ríe.

Está quieta.

No grita, saludando, como de costumbre.

Y, sin embargo, nadie se ha dado cuenta de que hoy es diferente, de que algo no va bien, de que algo ha cambiado en su mundo y, por consiguiente, en el universo de esa calle.

Una mirada.

Un abrazo.

Y lágrimas terribles.

Una soledad que ha sido compartida durante años, más de los que yo poseo, se ha convertido en un vacío desgarrador por quien se ha marchado para siempre. Un vacío a vivir en solitario, si se sobrevive a él. Un vacío que se antoja insoportable, especialmente para quien lo ha perdido todo.

Impotencia. Mucha.

Ya nada tiene sentido.

Lo busco. No lo encuentro. Ella lo necesita.

La calle, que es su casa, duele.

Espera, sumida en la tristeza, a su hora para empezar a ayudar a estudiantes, a veces inexpertos, a aparcar sus coches, con el fin de conseguir algo de dinero y poder comer; me encantaría acudir a la expresión “como siempre”, pero no puedo, porque esta vez es diferente.

Después de su turno, alguien ocupará el lugar de quien ya no está. Una persona anónima, de tantas que viven de la calle.

Como si fueran piezas de repuesto.

Y nadie se dará cuenta.

Pero yo sé, que hoy es diferente.

jueves, 12 de abril de 2012

Un deseo

A veces desearía ser invisible; otras, formar parte de ese vestido amarillo que cubre la tierra del campo, contrastando con el triste gris de este cielo inglés que no me deja ver el sol.
Ahora lo pienso y me resulta curioso: un extremo u otro; pues me encuentro en ese incómodo intermedio de ser visiblemente distinto.
Aquellas flores son como modelos hermosas, con sus pétalos perfectamente dibujados y sus tallos altos y esbeltos. Y yo, un solitario diente de león, un pequeño copo de nieve que no se deshace en primavera. Un deseo, eso es lo que soy. Un anhelo imposible, un sueño de los que no se recuerdan al despertar.
En conjunto, somos una fotografía congelada en el tiempo, un cuadro de esos que se exponen en los museos, que la gente mira sin ver, en realidad, más allá de las extrañas pinceladas.
De repente, una mano me separa de mis raíces, paraliza mis pensamientos. ¿Qué ocurre?
Oh, una niña. Más bien, una joven. Detrás de ella aguarda un chico algo mayor que ella.
-Cuando era pequeña... -qué voz más dulce- y deseaba algo de todo corazón, acudía al campo más cercano en busca de una flor como esta. -Flor, me ha llamado flor, ¿de verdad cree eso de mí?- Entonces cerraba los ojos, pensaba intensamente en mi interior sobre ello, y soplaba. -Se obedeció, llevando al presente un recuerdo de hace años.
Un deseo, eso es lo que soy. Una ilusión confesada en un suspiro, un secreto compartido con la incertidumbre del qué pasará después.
La joven sonríe.
Y pienso. Aún puedo hacerlo. Un deseo, eso es lo que soy. Aunque, esta vez, me siento diferente.

viernes, 24 de febrero de 2012

Sol y lluvia

Sonia tenía ocho años. Le encantaba salir con sus amigos, recorrer a la máxima velocidad que le permitían sus pies las calles del barrio. Solía detenerse en un parque, a lo alto de uno de los montes que caracterizaban el lugar. Desde allí se veía, incluso, la ciudad. Entonces reía, sola, sin nadie, o con gente. Eso no importaba. El sol acariciaba con su tibieza el cuerpo de la joven, su rostro infantil.

-Me encanta este lugar, ¡no quiero irme jamás! -decía a menudo, como si en el fondo de su alma supiera que algún día tendría que marcharse.

Ese día no tardó en llegar. Le habían ofrecido a su padre, hasta entonces en paro, un trabajo en otro país. Lejos de su tierra, sus amigos, su hogar. No dudaron en hacer las maletas.

Sonia estaba triste. Allí no conocía a nadie, ni siquiera hablaban su idioma. Además, pudo comprobar durante la primera semana que los días de sol no eran frecuentes y que era la lluvia la que ocupaba su lugar.

-¡No me gusta el agua! ¡Los días grises, los días tristes! ¡No me gusta el idioma que se habla aquí! ¡Quiero volver a mi casa!

Tomó un paraguas y pintó un sol por la parte de abajo, le colocó una linterna... pero aquello seguía sin ser el sol. Además, había perdido el apetito, no hablaba apenas con sus padres y los demás niños y niñas se habían alejado de ella, pues no parecía tener intención de relacionarse.

Cuando mandaban alguna actividad en la escuela para que se hiciera en casa, la joven rompía los cuadernos, protestando. Era injusto, ¿por qué tenía que estar lejos de su casa? ¡Con lo feliz que había sido allí!

Entonces, un día, tuvo un sueño. Su abuela bajaba del Cielo (un lugar lleno de chucherías, ositos de peluche y con todos sus seres queridos) y la abrazaba.
-¿Por qué lloras, hija mía?
-Quiero volver a mi casa, abuela.
-Pero, ¿qué es una casa, querida? Una casa no es más que ladrillo y cemento. El hogar es aquel lugar en el que sientes que te quieren y que te cuidan, y ese lugar no está en una casa...
-¿Entonces dónde está? -La joven miró a su abuela a los ojos.
-¿Quienes te cuidan y te protegen, quiénes te quieren siempre, aunque a veces no os llevéis bien?
-Mi papá y mi mamá.
-Ahí está tu hogar. Con ellos. Donde sea.
-Pero abuela, no me gusta este sitio, el Sol sale muy poco y no para de llover a ratos en un cielo que siempre está gris.
-Quizás sea hora de parar de llorar, de quejarte. Si una persona habla, no puede escuchar ¿verdad? Pues esto es lo mismo... Si te quejas por las cosas malas, no tienes tiempo de divertirte con las buenas, así que ¡deja de llorar, niña linda! sal a correr, salta sobre los charcos, adivina qué gota de agua de las que se quedan en la ventana llegará antes al suelo.
-No es lo mismo, abuela, allí podía ver la ciudad entera desde el monte, ¡aquí no!
-Allí veías un mundo desde lejos, Sonia. Aquí puedes ver el mundo de cerca. No te has fijado, lo sé, pero todo a tu alrededor son casitas con jardines muy verdes, que en primavera se visten de flores muy bonitas. Puedes olerlas, tocarlas, dibujarlas, hablar con ellas… ¡lo que quieras!
-¿De verdad?
-¡Claro! Y en invierno, es como si se casaran... ¡porque nieva! Y se visten de blanco.
-¡Eso me gusta! -Sonia sonrió.

La chica se despertó radiante, con una sonrisa espléndida y con un abrazo muy cariñoso a sus padres. Comió bien ¡por fin! Y cuando iba al colegio... “¡Anda, una flor!” Se sorprendió, feliz. Siguió caminando. “¡Anda, otra flor!” Lo que no esperaba encontrar, era un erizo. ¡La primera vez que veía uno! A distancia, le llamó Pepito y se inventó para él una historia de amor con una mariquita de esas que abundaban en el parque del monte.


A veces hay que aprender a valorar lo que se tiene, ¡nos sorprenderíamos!

martes, 24 de enero de 2012

Un abrazo

...que comience en este mes de enero,
limpio, sin que nada, ni nadie, 
se interponga entre nuestros cuerpos.
Y amarte, mucho, y siempre.
Porque ya no tengo elección.
Y en realidad nunca la tuve.
Porque ya estabas en mi corazón
antes de que me diera cuenta.


© María Beltrán Catalán

sábado, 31 de diciembre de 2011

Diciembre

Somos equilibristas sobre un pequeño hilo. Caminaba delante de ti, sin volver la vista atrás, pero con el oído atento a tu respiro. Perdiste la fe, tambaleaste la cuerda y me giré. La inseguridad de tu voz al pronunciar aquellas palabras de rendición me hizo olvidar dónde estaba, el peligro de caer desde aquella altura. Me olvidé de todo lo que no fueras tú.
Ahora seguimos caminando, pero yo tengo miedo de tus dudas, y temo que por ello, un movimiento brusco te muestre fácil la salida, y lo dejes todo; me dejes a mí. Si pudiera saberte como antes, con los brazos abiertos para acogerme si resbalo, todo sería diferente, todo sería como antes... y no como ahora, un diciembre incierto para quien no sabe qué pasará después, si hay otro mes o se acaba el año, si está la grada medio vacía o medio llena, si el espectáculo seguirá vivo cuando acabe la función o ya no quedarán más que tristes fotografías, de esas que encierran la magia y la alegría que no se supo mantener. 
Tiritan mis palabras, como los cuerpos bajo la nieve.

domingo, 25 de diciembre de 2011

Los Reyes Magos

Estela era una niña de nueve años que vivía con su madre Yolanda. Su familia quedaba muy lejos y hacía años que había perdido todo contacto con ella.

Se acercaban las fiestas de Navidad, Fin de Año, y el Día de los Reyes Magos; días felices para muchos, pero difíciles para otros. La crisis económica aquel año había hecho perder a Yolanda su trabajo, complicando así el mes de diciembre que tanto le gustaba a su hija.

Un día, antes de que finalizaran las clases, Estela llegó a casa muy ilusionada: ya sabía lo que iba a pedirle a los Reyes Magos. Yolanda, que sólo pensaba en cómo conseguir el sustento del día a día, no pudo evitar exaltarse con Estela.

- Estela, los Reyes Magos no creo que puedan venir este año. Hay muchos niños que los necesitan más que... nosotras.
- Pero los Reyes Magos pueden cumplirlo todo, mamá.
- A veces... verás...
- Confía en mí, mamá -la joven sonreía, ilusionada.
- Estela, ¡los Reyes Magos no existen! ¿Vale? -Yolanda se llevó las manos a la boca y, luego, cubriendo sus ojos, empezó a llorar.

La pequeña, entristecida, se fue a su colchón y se envolvió en la manta para dormir. Los Reyes Magos existían, y se lo iba a demostrar.

Habían acabado las clases. Estela recorría las calles vestidas de luces para las fechas señaladas que se aproximaban. La gente, trajeada, iba de una tienda a otra comparando precios, regalos, y esas cosas que se hacen, en ocasiones, sin ver más allá que el simple afán de consumismo. Los artistas incomprendidos en la sociedad salían entonces a tocar sus instrumentos, a pintar sus cuadros, a envolver con su magia la gran avenida por la que la joven caminaba feliz. Reparó, de casualidad, en un señor mayor que hacía sonar un viejo violín astillado. No lo hacía muy bien, pero eso no le impedía seguir tocando.

Estela, maravillada, dejó caer en su gorra parte de las monedas que llevaba. Él sonrió. Y ella continuó su camino.

Había dibujado un cuento para su madre con folios y colores que le habían dado en la escuela. En él, aparecía una pulsera, y eso era lo que ella buscaba en los distintos comercios. Llegó a una pequeña plaza entre dos grandes edificios, donde un grupo de pequeños puestos ambulantes vendía mochilas, carteras, colgantes, pendientes, faldas, bufandas, pañuelos y... pulseras; una de ellas, muy bonita.  Preguntó el precio, y se sintió bien al comprobar que le llegaban sus ahorros. Introdujo, pues, su mano en el bolsillo.

- Oh, no...

No había nada. Sólo un agujero ocupaba el lugar donde debía estar el dinero. La joven abrió los ojos, asustada, y después de asegurarse de que no lo llevaba encima, empezó a buscar por el suelo. Tenía que encontrarlo. Daba igual cómo, no importaba cuándo. Regresó sobre sus pasos, intentando comprobar cada resquicio del suelo, pero había demasiada gente y apenas podía detenerse sin que la empujaran de un lado a otro.

Llegaba ya al comienzo de la avenida, sin resultado alguno, cuando el señor del viejo violín dejó de tocar. Estela no se había dado cuenta, pero le miró de casualidad, y él aprovechó para preguntarle qué le ocurría.

- He perdido el dinero. No puedo llevarle un regalo a mi madre. Ella tiene que saber que los Reyes Magos existen... -sin poderlo remediar, se echó a llorar.

El hombre, amable, le apartó con delicadeza las manos del rostro y le mostro su mano abierta y vacía, la cerró, e hizo aparecer una linterna. Así, los dos, juntos, buscaron las monedas perdidas... pero no las encontraron.

Estela, tranquila, mas muy triste, tiró del brazo de su nuevo amigo, que estaba agachado, y le dio las gracias.

- Estela, tu nombre suena a estrella... ¿sabías que fue una estrella la que guió a los Reyes Magos hasta el niño Jesús?
- Sí, me lo han contado en el cole.
- Tengo una idea, y una pulsera. Verás, la perdió una niña hace mucho, mucho tiempo. Una niña como tú. Quiero que te la quedes, y se la regales a tu madre. De parte de los Reyes Magos.
- Pero esa niña la estará buscando.
- Hay personas que dejan de buscar antes de haber empezado...
- Eso es triste.
- Si te la llevas, harás feliz a esa niña que la perdió, ya lo verás.
- Muchas gracias.

Estela tomó la pulsera y se marchó a casa.

Llegó la Navidad y Estela le regaló el cuento que había hecho a su madre, alegando que había que celebrar el nacimiento de Jesús. Yolanda, con esfuerzo, elaboró un delicioso pastel de galletas y chocolate. Disfrutaron de un dulce día de Navidad cantando villancicos y olvidando, por un momento, las dificultades de la vida.

Al caer la noche, Yolanda le acariciaba el pelo a su hija:

- Cariño, siento lo que dije el otro día.
- No te preocupes, mamá.
- No quiero que te pongas triste si no vienen los Reyes.
- Van a venir, mamá.

Yolanda suspiró, besó sus cabellos y se marchó.

Llegó el año nuevo y con él, nuevos días, y pronto, nuevas ilusiones. El 6 de enero hizo aparición con un amanecer de esos en los que el sol se luce cual pintor y tiñe de colores el cielo, y de brillo las flores con gotas de rocío. Yolanda había tejido un jersey azul con un oso panda bordado, apoyado en una nube. Cuando Estela se levantó y vio a los pies de su cama la prenda, se vistió con ella y, con la mejor de sus sonrisas, fue a despertar a su madre:

- ¡Mamá, mamá! ¡Los Reyes te han traído algo!
Yolanda, extrañada, se incorporó en la cama. Su hija le tendía algo envuelto en un pañuelo de tela. Lo tomó.
- Estela, cariño...
- Yo no he sido, mami. Han sido los Reyes.

Desenvolvió la ofrenda, quedando sorprendida, anonadada por lo que estaba viendo. Era una pulsera de cuero, unida por tres monedas plateadas en las que salían representados, con un dibujo, el oro, el incienso, y la mirra.

- ¿Te gusta, mami?
- ¿Dónde...?
- Me la dio un señor, de parte de los Reyes Magos.

Estela no se había imaginado la posibilidad de que la niña que había perdido esa pulsera tanto tiempo atrás, fuera su madre, Yolanda.

Quizás nos apresuramos demasiado en afirmar que la magia no existe. ¿No son acaso reales las ganas de quien ofrece un regalo? ¿Y la ilusión de quien lo recibe? Claro que sí. En este cuento era un señor con un viejo violín. Cada 6 de enero en el que una persona consigue una sonrisa en otra, se convierte en los Reyes Magos más auténticos que podamos encontrar.

¡Feliz Navidad!


PD: Este mismo cuento mío podéis encontrarlo en el blog de Cáritas de Sevilla. ¡Animaos también a pasar por allí! Así ya tendréis más buenos deseos, los míos (sinceros y de todo corazón), ¡y los de todas las personas que a Cáritas de Sevilla pertenecemos!

jueves, 15 de diciembre de 2011

Lo que cuentan las palabras: acuarelas, calle y beso

A ver, recuerdo así de manera breve en qué consiste esto de las palabras:
1.- Se me proponen o escojo tres palabras, de cada una, hago un microrrelato y lo comparto en mi blog con vosotros.
2.- Comentáis: vuestra opinión general del juego, de los micrrorrelatos.
3.- Participáis (solo si así lo deseais^^ ¡yo os animo!). Es decir, escogéis UNA de esas tres palabras, y creáis otro microrrelato.

Palabra 8. Acuarelas

Genial. No podía haber llovido mientras dormía, sino ahora, a las siete y veinte de la mañana. Acabo de desayunar, recojo las cosas y me marcho. El solo hecho de salir de mi casa al coche le ha bastado al tiempo para conjuntar mis ropas con el clima, empapándolas de agua. Los días así no me gustan. Son tristes. Agradables para estar en casa escribiendo algún poema, pero no para salir a trabajar. Arranco y me pongo en marcha. Enciendo la radio, pero la publicidad parece haber tomado el lugar de las canciones que podría estar escuchando en los minutos que he de conducir. Tengo un coche delante, en una avenida de un solo carril, que va a treinta. Voy a llegar tarde. Puedo cabrearme, alterarme, pero eso no sirve para nada. Así que decido fijarme en el suelo. El horario de invierno hace que las luces de la calle aún estén encendidas, y la lluvia le ha robado el reflejo difuminado al vehículo de delante para plasmarlo en el asfalto. Sonrío. Me da la sensación de estar siguiendo a un cuadro pintado con acuarelas, fugado, quizás, de las manos de algún niño prodigio.

Palabra 9. Calle

Le conocí de casualidad, una tarde de verano en la que decidí salir con un grupo que apenas había visto un par de veces. Su mirada era penetrante.
La segunda vez que le vi, fue en mi casa. Vino andando calle arriba bajo la fría lluvia de principios del invierno. Traía una carta preciosa, y un beso que rechacé.
Amigos. Así decidimos definirnos. Había una atracción extraña entre nosotros que no dejaba de ser una amistad picarona, pero nada más.
Una noche, de vuelta al autobús, me acompañaba cuando pasamos por delante de uno de esos violinistas que tiñen de amor, pasión, melancolía o fiesta las calles de la ciudad. Sonreí un instante, imaginándome entre la gente, danzando. Entonces, él habló, devolviéndome a la realidad o, quizás, uniéndose a mis sueños:
- ¿Bailamos?

Palabra 10. Beso

Sucedió cuando apenas tenía siete años. Acababa de mudarme y apenas conocía a mis compañeros de clase. Recuerdo que estábamos en el salón de actos del colegio. Las sillas estaban vacías porque casi todo el alumnado participaba en la obra de teatro. Yo me encontraba sentada en una de ellas, junto a otra chica.
No sé qué extraño motivo me llevó a girarme, pero la cuestión es que lo hice, y allí estaba él. Éramos unos críos. Me gustó. Le gusté. Desconozco quién de los dos lanzó el primer beso al aire, pero aquello se convirtió en una batalla de sonrojos y risas infantiles.
Eso le bastó al resto para llamarnos novios y demás acepciones ilógicas que utilizamos todos cuando somos niños. Yo era orgullosa; la manera que utilizaba para acercarme a él era perseguirle y pegarle por alguna tontería. Él me provocaba; era su manera de corresponderme.
A medida que crecíamos, los demás reafirmaban sus teorías amorosas sobre nosotros, mientras él y yo nos negábamos a admitirlo, aunque en el fondo, sabíamos que tenían razón.

[Recuerda, el primer comentario de cada entrada pertenece a la autora del blog, con alguna anotación para los lectores del mismo, ¡no olvides leerlo!.]

lunes, 5 de diciembre de 2011

Suficiente

Llevaba meses un tanto raro. No me atrevía a preguntarle de qué se trataba por miedo a su llanto, tan desgarrador para mi pobre alma.

Después del accidente habíamos intentado seguir con una vida más o menos normal, pero no lo era, y engañarnos a nosotros mismos tampoco estaba bien. Me encontraba en la cocina, pensando esto, cuando su voz, triste, me habló. Me giré.

-Carmen...

No me gustaba que hiciera eso. Pronunciar mi nombre de esa manera tan desoladora, ya desesperanzada.

-Dime, cariño.

Él tomó aire.

-En los medios siempre andan diciendo lo importante que es la vida sexual en una pareja.

Me extrañé.

-¿A qué viene eso ahora, cielo?

-Yo no puedo satisfacer esa parte de la relación, no puedo hacerte plenamente feliz. Y yo quiero que tú lo seas, pero no puedo, no puedo dártelo todo.

-Diego, mi vida... -me acerqué a él y me agaché, posando mis manos en las ruedas de su silla. -¿Acaso no sabes ya, que tu amor es suficiente?

domingo, 13 de noviembre de 2011

Lo que cuentan las palabras: latido, cuchicheo y pintalabios


Palabra 4: Latido 

Recuerdo aquellos meses con mucho cariño. Amaba con más facilidad, con menos excusas. Reía por detalles pequeños y, aunque lloraba de la misma forma, sentía intensamente... Era como vivir, también, intensamente.
Cuando la gente me decía palabras tan bonitas como "tienes un corazón muy grande", yo respondía con sinceridad "no, cariño, tengo dos corazones".
El día del nacimiento de mi hijo lo pasé... bueno, con dolor, pero ver su sonrisa me hizo olvidar todo lo que no fuera felicidad.
Hace poco me preguntaron cuál es el sonido más bello que he escuchado en mi vida. La respuesta es sencilla: el primer latido de mi pequeño corazón.


Palabra 5: Cuchicheo 

¿Sabes usted? Yo siempre he pensado bien de la gente, ignorando rumores, cuchicheos; en general, las malas lenguas. Las divisiones de los de abajo provocadas por los de arriba nunca me interesaron.
Sin embargo aquella noche, estando yo de visita en un pueblo (eran fiestas) de mi amigo, me sorprendieron un par de personajes con miradas, gestos y palabras despectivas, de esas que hacen daño, que miran con superioridad a su destinatario.
Mi buen amigo, ocupado, no escuchó mis alarmas. Opté por la expresión de desconcierto antes de alejarme de allí.
Luego me arrepentí. Nadie tiene derecho a menospreciar mis raíces, mi comunidad, mi ciudad, mi barrio, mi acento, mi forma de hablar. Los intentos de ridiculización... no merecen comentarios. Ni mi tiempo.
Seguiré portando orgulloso mi bandera con todo lo que ello implica, porque soy así, porque soy igual de diferente que cualquier persona de este pequeño mundo.


Palabra 6: Pintalabios 

Una vez le hice un regalo. Nada importante: un pintalabios. La gente normal lo utilizaría a diario, vistiendo sus labios para que parecieran más hermosos. Pero a ella no le hacía falta.
Le encontró una utilidad tan sencilla, tan bella, tan suya, tan nuestra, que inmortalicé aquel momento en mi memoria y prometí guardarlo para siempre.
Aquel día llegué cansado del trabajo, sin muchas ganas de nada. Al cerrar la puerta del piso que hasta entonces había sido blanca por ambos lados, me encontré la cara interior plagada de besos hasta donde había alcanzado con su altura.
Fui a la habitación y la besé, la abracé, la amé.
Porque son detalles pequeños como estos los que mantienen vivo un amor tan grande como el que yo siento.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Háblame

Háblame de las montañas, de la brisa, de los ríos, del color de las mañanas, del perfume de los lirios...

Las montañas siempre son hermosas. A veces visten de verde; a veces, de blanco, como si fueran a contraer matrimonio con el invierno. Cuando duermen no se ven, pero se oyen, y ese sonido es hermoso. Los insectos se reúnen y cantan, creando una melodía en la que todos los músicos de la orquesta parecen saber cuándo han de tocar su instrumento.
La brisa es fresca, especialmente por la noche. Se respira aire puro, del que no existe ya en las ciudades.
Allí el color de las mañanas es un cuadro de múltiples colores que se funden en un bello amanecer. El comienzo de un día. El nacimiento de un río que desembocará lejos, pero que siempre sigue, que no se detiene y sin embargo calma a las personas que junto a él se sientan, dejándose envolver por el perfecto perfume de los lirios.

Háblame como si fueras la que inventa los amores.

Y es en esa magia donde nacen los primeros amores, las segundas oportunidades, los reencuentros, las historias inolvidables, las intensas y las que son para siempre. Porque el amor existe donde haya un corazón abierto para sentirlo.

Háblame de tal manera que tus besos me devoren.

Y el amor se manifiesta en las miradas, en los gestos, en las sonrisas que visten de alegría nuestros rostros, o en las lágrimas que tiñen de triste las despedidas. Se comparte en los abrazos y se entrega en los besos que se ofrecen sin más, los que salen del corazón, y los que yo te daría si pudiera.

Háblame de las nubes que cruzan el espacio.

Quizás sea pequeña la posibilidad de que escuches mi canto en palabras escritas, pero para eso se inventaron las nubes, para que las gotas de agua recogieran los mensajes de la tierra y subieran muy alto, al espacio, al Cielo, a donde están nuestros seres queridos.

Háblame de las noches tan tranquilas de la playa.

No sé si alguna vez has estado aquí, sentado en la arena, sin más luz que el haz de luna y sin más sonido que el mar intentando alcanzar el aire... o mis pies, quién sabe.
Aquí los pensamientos se sienten diferentes, el estrés no existe y la calma nos arropa con su tranquilidad nocturna. Los sueños se esfuman, quizás con las estrellas, y la paz inunda el alma, purificando cada resquicio, cada herida, iluminando las esperanzas que ya se creían perdidas.

Háblame de la luna que se aumenta de tamaño.

Una vez pensé que cuando nos caemos, somos como la luna nueva. Nadie nos ve, y buscamos apoyo, fuerza en nosotros más que en los demás. Sin embargo, siempre hay una estrella que vela por nosotros como el sol brilla por la luna.
Entonces llega el momento de ponernos en pie para reanudar nuestro camino. Como la luna que aumenta su tamaño, nosotros hemos de levantarnos para crecer.

Pero háblame, porque temo, mi vida, que tú te vayas.

Te cuento tu canción, aunque estás presente en todas mis oraciones. Es mi manera de retenerte, de hacerte saber que sigues estando presente en mi memoria y que, de alguna manera, nunca dejé que te marcharas.

Háblame con fantasía, no me cuentes realidades, porque el mundo cada día solo tiene falsedades.

Aún recuerdo, como una fantasía, lo que fue una bella realidad. Estábamos reunidos, todos, en familia, y te pedí una canción.
No tuve que insistir mucho. Me llevaste a la habitación del fondo, y allí, con la puerta cerrada, me permitiste disfrutar en directo de tu voz indescriptiblemente hermosa.
No he olvidado tu promesa. La que cumpliste con tu carta de despedida. La que me demostró que el mundo no sólo tiene falsedades.

Háblame como si fueras la que inventa los amores.

Cuando se ama se admira, y cuando se admira, en parte, se ama. Te quise siempre, aunque no creo que fuera sólo por la sangre que corría por nuestras venas. Yo te admiraba.

Háblame de tal manera que tus besos me devoren.

Quizás no nos vimos muchas veces, pero creo que fueron suficientes. Cuando te miraba a los ojos sentía que me abrazabas, que no hacían falta argumentos ni gestos para que supiera que podías besar mis mejillas con sólo una palabra.

Háblame de las nubes que cruzan el espacio.

Pienso que, igual que puedo hablarte desde aquí, tú también utilizas las nubes para hacernos llegar tus canciones, tu voz, a través de las gotas de lluvia.

Háblame de las noches tan tranquilas de la playa.

Estaría bien que pudieras bajar de la luna y mirar el mar desde la arena, conmigo.

Háblame de la luna que se aumenta de tamaño.

Pero sé que, como la luna que aumenta su tamaño, que muere y renace, a ti te toca estar allí arriba, como cuando es luna llena, mientras que a nosotros, a mí, aún nos queda camino por recorrer y caídas de las que levantarnos.

Pero háblame, porque temo, mi vida, que tú te vayas.

Pero estarás con nosotros, y volveremos a encontrarnos cuando por fin alcancemos la plenitud de la que tú ya gozas.

Pero háblame porque temo, mi vida, que tú te vayas.

Podremos, entonces, presumir de ser como la luna llena.

No mi vida, no te vayas.

En el fondo nunca nos vamos, sólo miramos el mundo desde un sitio diferente. Sin embargo, si lo piensas bien, siempre fue así.

No te vayas... ¡no!

Te quiero, tito.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Lo que cuentan las palabras

Anoche, hablando por teléfono con David, recordé la entrada que publiqué hace un tiempo "¿Qué ven ustedes?", en la que a partir de una fotografía os pedía que dejarais volar vuestra imaginación. La experiencia fue realmente bonita: de una fotografía salieron muchas historias diferentes.
Pues ahora bien, se me ha ocurrido que, para amenizar un poco más el blog, que lleva unos meses bastante apagado, voy a proponer tres palabras, y escucharé lo que tengan que decirme. Lo que oiga, lo escribiré y lo compartiré con vosotros, como haré en esta entrada.
La idea es que, después, además de comentar vuestra opinión sobre mis relatos, si os ha gustado alguno más en concreto y por qué, etc., como soléis hacer; los que queráis, escojáis una de las tres palabras propuestas e intentéis escribir una pequeña escena o relato de apenas unas líneas con esa palabra. ¿Qué os parece? He pensando que puede ser divertida, ¡así que os invito y animo a probarlo!

Palabra 1: Micrófono

La música escapaba por la ventana con la rapidez de un suspiro y un volumen considerable. Entre murmullos se escuchaba la voz emocionada de Evangeline, mi estrella entre estrellas, la mujer de mi vida, mi esposa desde hacía treinta años.

Entré en casa pensando que podría estar molestando a los vecinos, hasta que la vi. Bailaba, saltaba, se arrodillaba, gritaba de emoción, reía. Todo en el salón. Anhelé ver desde sus ojos, siempre tan abiertos a la imaginación de su mente.
Me adentré entonces en el salón, su escenario, y cuando se dio cuenta me dedicó una de esas sonrisas que llegan al alma de quien las recibe. Me senté, convirtiéndome quizás en un espectador más, y disfruté del espectáculo, mientras ella cantaba con una escoba como micrófono.

Palabra 2: Canción

Nunca imaginé tener que soportar una despedida tan cruel. Apenas puedes hablar; y mucho menos, moverte. Las paredes de esta habitación huelen a muerte, ¡y yo te recuerdo tan vivo!
Mis errores pesan demasiado para este viejo corazón.
A tientas, te noto buscar mi mano. Sí, cariño; llevo nuestra alianza. Parece que encontrarla te tranquiliza, pero a mí se me ahoga la pena en la garganta, ¡ojalá me saliera la voz para decir que soy tuyo, que mi alma te pertenece desde aquella canción que me entregaste cuando nos conocimos!

Palabra 3: Rojo

Siempre me ha gustado el rojo. En una prenda desprende vida; en una flor, elegancia. Forma parte del arco iris que hace del cielo diario una experiencia nueva. De ese color acostumbran a pintar los corazones, como símbolo de amor, quizás. También lo relacionan con la pasión; y a mí, me suena a tango.
Siempre me ha gustado el rojo, hasta que lo vi en el perfil de tus ojos, y en la alteración de tu piel. Y es el que el rojo del amor no es compatible con el rojo del dolor, al que debemos decir "basta", al que debemos decir "¡no!".

jueves, 29 de septiembre de 2011

Día 3 sin ti

Salgo al jardín y no hago más que verte, Duna. Cuando me levanto a desayunar miro tras la puerta de cristal donde siempre te ponías para acompañarnos y me duele que hoy esté vacío ese espacio de vida que nos regalabas para empezar el día. Me voy a clase, y extraño las caricias que me pedías antes de cerrar la puerta, la mirada de cariño, esa que habla por sí sola. Regreso y me parte el alma que no me recibas como sólo tú sabías hacer, con ese amor desinteresado, ese que nunca pide nada y sin embargo lo da todo.

Almuerzo y lloro. Sigues sin estar ahí, tras el cristal de la puerta del porche, sin esperarme, sin mirarme, sin estar ahí acompañándome desde el otro lado. Llega la tarde y saber que no puedo ir a pasear contigo hace que mi mundo se derrumbe en mil pedazos.

Ceno. Todos te echamos de menos. Extraño darte el bocadillo que siempre te preparaba mi madre y que tanto disfrutabas. También oír la puerta en señal de que mi padre había salido a darte cenar o a sacarte al parque de atrás. En cualquier sonido, imagen o momento siempre estás tú.

Me acuesto. No puedo controlar las lágrimas que piden a gritos oír tus pasos por la ventana, o sencillamente, saber que estás ahí, que estás aquí.

Te echo tantísimo de menos, te extrañamos tanto, Duna, que ojalá supiera expresar mejor lo que siento, pero no puedo, por eso no te escribí antes. Te quiero Duna, y sé que tú también a nosotros, aunque tu amor siempre fue más grande.

Es lo que tienen los ángeles.

© María Beltrán Catalán

miércoles, 31 de agosto de 2011

Miradas distintas

Una pareja de jóvenes se había reunido bajo la Cruz de la Cerrajería, en el Barrio de Santa Cruz de Sevilla y, sentada, bebía, reía y conversaba discretamente.
Sólo les vimos tras las rejas de la base que sostenía el monumento. Él llevaba un pendiente en la oreja izquierda, el cabello oscuro, corto, y hablaba con la delicadeza de quien, enamorado, intenta mantener el encanto de una conversación para ellos mágica. Ella, también morena, con el pelo liso y largo, reía cuidando que ésta fuera suficiente; en volumen, duración y entonación había una armonía que sólo se consigue con los nervios de las primeras citas, esas que nos hacen querer suavizar y resaltar, a la vez, nuestros encantos.
Estimé entonces que no llevarían más de un mes y medio saliendo juntos. Les dibujé con la mente miradas capaces de tocar al otro, que se aferraban a los ojos por temor a la posibilidad de intimidar a tan grata compañía.

Caminábamos ya por el Callejón del Agua, para salir del encanto permanente de las calles del Barrio de Santa Cruz. 
David, que respiraba conmigo la magia de aquella noche, me preguntó qué podía decirle de la pareja que habíamos visto en la Plaza de Santa Cruz. Con sinceridad, le expliqué la imagen que mi mente se había formado tras ver a la pareja, antes descrita.

Él, con una sonrisa, me confesó después su versión de la imagen: "a ver, eran un chico y una chica; la chica a la izquierda del chico. Eran morenos. El chico estaba abriendo con una navaja un paquete de esos en los que se vende la botella de alcohol junto con el refresco; concretamente, era ron y refresco de cola. Llevaban vasos de tubo (cubata) pero en cambio no tenían hielo, por lo que les iba a costar más beber. La chica, a su izquierda, tenía un bote verde de patatas fritas sabor cebolla, aunque en ese momento no estaban comiendo ninguna."

Reí. ¿Cómo podían diferir tanto dos definiciones que pretendían describir la misma escena? Extraño, curioso, pero hermoso. 
Entonces aprendí algo: quizás estemos mirando en la misma dirección y, sin embargo, no veremos el mismo camino.

lunes, 8 de agosto de 2011

El duende de la chaqueta roja


Cuenta la leyenda, que un escritor anduvo por el sendero de Salburúa durante mucho, mucho tiempo. Escribía fantásticas historias en las que paseantes se encontraban con su personaje principal, su protagonista favorito, el duende de la chaqueta roja. La historia narra que al morir el artista, el duende de la chaqueta roja habría de escaparse de sus letras para cobrar vida entre los árboles de Salburúa.

Esta fotografía me la hizo
David G. Felis
Dicen que sólo quienes son niños de espíritu pueden verle. Aparece de repente, entre los árboles, y ríe hasta llamar la atención de quien quiere. Se miran a los ojos mientras el personaje se acerca canturreando sílabas sin sentido en una melodía preciosa y divertida. Entonces, se agacha o salta, según la persona, para ponerse a la altura de la misma, y le susurra algo al oído. El efecto es inmediato y una sonrisa nace en los labios de ambos, justo en el momento en el que el duende de chaqueta roja desaparece entre los árboles otra vez.

Cuentan que susurra secretos inconfesables, quizás alguna fórmula para la felicidad. Las personas que presumen de haberle visto, viven mejor consigo mismas y con el mundo. Otras lenguas son más sencillas y se contentan con pensar que la imaginación lo puede todo. 

Y yo, el duende de la chaqueta roja, confieso que sólo una palabra brota en mi susurro y florece en los labios del oído que me escucha, ¿adivináis cuál?

jueves, 4 de agosto de 2011

Respuesta al lamento lunar

Este escrito es una respuesta de la Tierra al lamento lunar, el cual podéis leer haciendo clic "aquí."

Luna mía, querida, no te martirices con esos pensamientos que no hacen más que dañarte.
No luces un brillo como las estrellas, eso es cierto; sin embargo, sabes captar lo mejor de ellas para compartirlo conmigo, con quienes gozamos del placer de tenerte cerca. Es eso lo que te hace especial, Luna, que ves más allá de ti para permitirle al astro Sol iluminar mis pequeños pensamientos, incluso cuando él mismo me da la espalda.
Tú siempre estás, y es por eso que te quiero, que me gusta saberte cerca, a mi lado, que adoro mis noches y mis días contigo.
No te he olvidado; nunca lo he hecho. A pesar de esa absurda costumbre tuya de callar tus lamentos tras ese rostro oculto que nunca me confías.
La realidad es que aún no se aclaran con la enfermedad causante de esta alarmante despreocupación por ti. Algunos dicen que se trata de "materialismo", otros la llaman "evolución" y el resto... "la era de la tecnología".

viernes, 29 de julio de 2011

Pensamientos de un día cualquiera

Cansada de estrellas fugaces, busco una real y constante, que a mi lado aguarde cuando la oscuridad, apagada  en su plenitud, se cierna sobre la ciudad en la que vivimos las dos, los dos... Amistades efímeras que se piensan eternas, que dañan el alma, el corazón y qué sé yo.

martes, 26 de julio de 2011

Lamento lunar

¡Tierra! ¡Mírame! ¿Es que no te das cuenta de que soy el único satélite real que vela tus sueños, quien te arropa con la marea de agua salada, quien mueve los vientos para que despejen tu bello rostro? Los demás no existen, son máquinas creadas por tu afán de conocerte en un espejo lo suficientemente preciso como para observar tus detalles en su plenitud. Mi atracción hacia ti es real, natural, y antes de que todas esas sensaciones invadieran tu cabeza, yo te amaba. Y te amo.

¿Por qué me has olvidado, oh Tierra mía? Anoche me escondí en una luna nueva y no añoraste mi presencia. ¿Es porque soy fría y estoy muerta? ¿Es porque ya no te vale que brille a través del astro Sol? ¿Le envidias por aquel eclipse?
Sólo fue una noche, tú eres mi verdadero amor. Oh Tierra, dónde están tus versos y poetas, esos ojos con los que me adulabas...

La Tierra ha respondido a este lamento, puedes leerlo haciendo clic "aquí".

martes, 12 de julio de 2011

Libros con historia

He estado leyendo el primer libro de Cárceles de mujeres, de Sinclair Lewis. Pertenece a una colección de premios nóbeles que mi abuelo regaló a mis padres en su boda. Libros que mi abuelo ha leído y releído y que han pasado años adornando la estantería del despacho, junto a la entrada de mi casa.

Cuando acabé los exámenes, tenía la necesidad de leer, de empaparme de letras novelísticas, de escaparme a otros mundos, otras épocas. A sabiendas de que mi pobre rincón de la Red requería una actualización, mis manos no eran capaces de coordinarse para enlazar las palabras y elaborar algo digno de ser compartido con tan grata compañía como es la de vuestros ojos lectores.

Al azar, cogí el libro antes mencionado, con la sorpresa siguiente: no sólo me cautivaban los fragmentos escondidos, que más que historias eran verdades poéticas dignas del silencio del alma; no sólo me enamoraba el hecho de seguir leyendo sus páginas... Ese libro tenía historia, y no era por estar ambientado a principios del siglo XX.

A medida que avanzaba la trama novelística, me fui fijando en los detalles físicos del libro. Marcas realizadas con un bolígrafo sin punta, esquinas dobladas cuidadosamente para una posterior retoma de la lectura. Entonces, dejé de ver a Ann Vickers, la protagonista de Sinclair Lewis, para contemplar a mi abuelo, sentado en su sillón, o en su despacho, leyendo hacía años ese mismo libro, el libro que yo tenía en ese momento entre mis manos. 

Inevitablemente, me vi entrando por la puerta de su piso, con mis padres y mi hermano. Ir corriendo a su despacho para encender el flexo, coger aquel lápiz con doble punta, una azul y otra roja, y dibujar para él, a veces para ella, a veces para ambos.

Le eché de menos. 

Recuerdo que me daba besos en la frente, porque no me gustaban los besos en la cara. Le recuerdo callado, a veces serio, a veces cantando la canción de "Bartolito" mientras hacía cosquillas a mi hermano. También le recuerdo sentado, viendo la televisión, mientras mi hermano comía galletas a su lado y yo dibujaba en su despacho, para luego ir a jugar con mi abuela. Recuerdo a Bobi, el primer perro que conocí con ellos. Su historia. Y a Caru, que apareció en el bolsillo de la chaqueta de mi tío Jose Manuel.

Contemplé de nuevo las páginas del libro, amarillentas por el paso de los años, pero perfectamente conservadas, cuidadas, respetadas. Imaginé de nuevo a mi abuelo, leyendo el mismo libro, las mismas letras. Y continué su lectura.

Ya he terminado el primer libro y me dispongo a comenzar el segundo. Una de las cosas que he aprendido durante este tiempo de lectura, es que un libro guarda mucho más que la historia descrita en sus páginas, mucho más que el mensaje que el lector/a haya querido entender... En cierta manera, cuando leemos un libro, dejamos parte de nosotros en él, al igual que él en nosotros. Por eso, cuando un libro tiene historia, ha pasado por otras manos, por otros ojos, por otro corazón, esa historia sigue viva, igual de viva que las letras mecanografiadas en sus páginas, igual de viva que la persona que la lee, la descifra, la imagina, la siente, e incluso la recuerda.

viernes, 6 de mayo de 2011

Eran maniquíes

Eran maniquíes. Esculturas de plástico condenadas a posar en los escaparates con prendas ideales. Objetos inanimados, decía la gente.

Mauricio era uno de ellos, nuevo, pero preso de la misma tienda. Fue al instante de llegar cuando se fijó en ella, en Adelaida. 

Mauricio era joven, inexperto, desconocedor de las reglas inquebrantables de cada puesto de ropa. Así que al caer la noche, suspiró y buscó a la bella silueta que había robado su atención desde el primer momento.

Allí estaba ella, inmóvil, perfecta, luciendo un sencillo traje primaveral, o veraniego, eso no importaba: la esencia era ella. Se acercó con el torso al descubierto, sus vaqueros rotos y una gorra. 

-¿Qué haces aquí? Si te pillan pueden acabar contigo en menos que...
-¡Hola!
-Estás loco.
-Por ti. Cásate conmigo, vayamos a la sección de bodas.

Ella rió ante la ocurrencia disparatada del nuevo chico.

Entonces, alguien encendió la luz del pasillo. 

Mauricio corrió a esconderse entre la ropa, cuidadosamente colgada en perchas para el día siguiente. Mientras se guardaba de no ser visto, imaginaba a su preciosa fantasía vestida de blanco, a su lado, entre parabanes envidiosos de su dicha. La precaución no gozaba de existencia entre los recovecos de su mente, centrada en disfrutar de aquel nuevo lugar, de su vida, y de sus pasiones de joven enamorado.

Esperó con paciencia a que el guardia apagara de nuevo la luz que le había separado de su joven escultura, pero no volvió a ella. Se marchó a su lugar, a la posición en la que le habían colocado los dependientes del centro comercial.

El día transcurrió demasiado lento para nuestro protagonista, que anhelaba regresar al escaparate de Adelaida. No obstante, eso no le impidió posar cual modelo profesional y lograr que chavales detuvieran su paso para probarse la ropa que descansaba en la estantería de al lado. También se divirtió observando el juego del escondite en un par de hermanos. Incluso compartió su aburrimiento con algún pequeño que bostezaba, luchando por no caer dormido.

Y por fin llegó la noche. Bajó de su escaparate. Ahora llevaba una camisa azul de cuadros. Hizo ademán de seguir la ruta del día anterior cuando otro maniquí le detuvo al decirle:

-Yo que tú, no lo haría. Te juegas el cuello, amigo, literalmente.
-¿Nunca has oído esa frase de "quien no arriesga, no gana"?
-¿Vale la pena?
-¡Claro que sí! 
-No tienes ni idea. ¿Sabes lo que significa la palabra "miedo"? Eso es lo que deberías sentir en este momento.
-¿Para qué piensas que existen los miedos? ¡Para que podamos superarlos!

El maniquí, que portaba un traje de chaqueta, suspiró.

-No tienes remedio.
-Lo sé.

Mauricio sonrió y se puso en marcha.

Una flor. En eso se había convertido su joven amada. Llevaba un vestido de flamenca, rojo, con lunares blancos, acompañado de complementos de los mismos colores. Estaba deslumbrante.

-¿Otra vez aquí? ¿Es que no escarmientas?
-Has estado esperando este momento desde mi partida de ayer.
-Estás loco.
-Por ti. Cásate conmigo, vayamos a la sección de bodas.

Su risa era... indescriptiblemente mágica.

-Baja. Enséñame a bailar sevillanas. 
-¿Y si...?
-Oh, "y si", la excusa perfecta para no divertirse. ¡Vamos!

Adelaida le miró, dubitativa. 

-Está bien.
-¡Genial!

La joven maniquí bajó del escaparate. Mauricio le ofreció su mano. Ella aceptó, se colocó frente a él, y empezó a tocar las palmas. Los demás, que los observaban, los imitaron. Mauricio, lo mismo. Fue el señor de los deportes quien le puso voz al baile. "¡Vuelta!" decía ella, "¡giro!", para que el joven pudiera seguirla. Qué hermosos minutos de risas, arte, y cómplices miradas.

Después, Adelaida bailó con otro. Y ese otro, luego, con otra. Todos disfrutaban de la festividad sevillana como nunca antes lo habían hecho.

La sensación de vértigo cuando corrieron a esconderse del guardia les pareció a todos tan excitante que, a la noche siguiente, quisieron repetir la aventura junto al chico nuevo y enamorado. Decían que habían nacido con la aparición de Mauricio... que antes, esperaban, inertes, a no ser descubiertos. Una de las chicas de la moda joven comenzó una relación con el chico de las prendas masculinas. La vida, el amor, la alegría... todo eso había llegado junto a nuestro protagonista.

Una noche, Mauricio quiso llevar a Adelaida a la sección de bodas. Deseaba verla vestida de blanco, bailar algo lento con ella, correr jugando al escondite, reírse, amarla. Ella no puso resistencia a sus encantos. Se había encariñado de sus ocurrencias y desparpajo, de su forma de vivir, de su manera de querer.

-Ha sido una noche maravillosa.
-Porque tú lo eres.
-Mauricio, yo...

Y fue en ese beso iniciado por el joven... el momento en el que el guardia nocturno les descubrió.

-¿Qué nos va a pasar ahora? ¡No debí hacerte caso! ¡No debí caer en tus encantos!
-Lo nuestro estará siempre por encima de lo que pueda ocurrir, ¿entiendes?

Pronto se habían reunido un grupo de personas para separar a los dos maniquíes y llevarlos a quién sabe dónde. ¿Volverían a encontrarse? ¿Se desharían de ellos sin más, de sus cabezas, o de sus piernas? ¿Echarían de menos los juegos y bailes, las noches de diversión? ¿Valió la pena arriesgarse? Mauricio lo tenía muy claro. Adelaida...

Transcurrieron semanas sin la presencia de la joven pareja. Sus compañeros temían lo peor. Jamás habían visto nada parecido, la felicidad plastificada, reducida a nada. Volvieron a sus tristes vidas de monotonía y aburrimiento, de opresión y deseos congelados en el alma. El precio era demasiado caro si querían divertirse.

Toda esperanza se desvaneció cuando dos maniquíes sin cabeza ocuparon las posiciones que antes habían pertenecido a la joven pareja. La tienda entera lamentaba el final del amor, de la vida, los besos, la alegría, Mauricio y Adelaida. 

Nadie se movió aquella noche. Tampoco la siguiente. Ni la siguiente. El panorama era desolador.

-Le avisé. Debí haberle atado, cogido, engañado... Esto no habría pasado -se culpó, de repente, Roberto, el maniquí con traje de chaqueta.
-Él era así. No te habría hecho caso, por mucho que tu hubieras querido -le consolaba Magdalena.

Entonces, el maniquí que ocupaba el lugar de Mauricio se movió y dirigió sus pasos a la voz del varón, tirando al suelo alguna que otra prenda, para tomar sus manos con una de las suyas y, con la otra, levantar el pulgar.

-¿Pero qué haces? ¡Un respeto!

El maniquí ignoró sus quejas para abrazarle.

-Espera... No, no puede ser.

El cuerpo sin cabeza puso sus brazos en jarra y empezó a bailar.

-¡Oh, Mauricio! ¡Es Mauricio! Lo que daría por oír de nuevo tus locuras.

El chico se encogió de hombros. Luego, hizo un gesto, con mímica, imitando a alguien que busca algo con la mirada. La diferencia, claro está, es que él ya no tenía cabeza. Roberto le entendió enseguida. Bajó de su escaparate y guió al joven hacia la maniquí que ahora ocupaba la posición de Adelaida. ¿Sería ella, de verdad sería ella?

Al llegar, Mauricio buscó su cara, pero no la encontró. Entonces bajó del cuello a su cintura, y la abrazó. Ella dudó un instante, el momento de reconocer sus brazos. Estaban juntos, otra vez. Literalmente, habían perdido la cabeza el uno por el otro. Mauricio había esperado paciente a que alguno de sus compañeros pronunciara alguna palabra para poder moverse con la seguridad de la noche y buscar a su amada. Se querían. Sólo un par de locos enamorados volverían a arriesgar sus vidas de esa manera tan insensata. Así eran ellos. Así era el amor. 

Fotografía de Ben Heine, de su colección Pencil VS Camera

Yo fui testigo de cada gesto, palabra, lágrima, sonrisa. Soy el ojo que todo lo ve en este maldito mundo, o tienda, qué más da. De eso me di cuenta esa misma noche. Ya nadie volvería a separarles. ¿Qué derecho a destruir el amor, qué derecho a destruir la libertad, qué derecho a destruir la vida? Ninguno. Ya no. A partir de ese momento, borraría cada actuación de la planta segunda, como una buena cámara de seguridad.

viernes, 15 de abril de 2011

Promesas, sueños y risas de una triste amapola

Su amistad duró lo que tardó en cruzar mi jardín. Llegó desorientado, sin saber con quien hablar; se había quedado solo. Yo, encantada, le ofrecí sombra en los veranos y refugio en los inviernos. Promesas, sueños y risas que eran nuestras, especiales, de nadie más. Mi corazón se impregnó de sus manías, de todo aquello que le hacía diferente. Mi cabeza, algo más sensata, sabía que algo no iba bien; pero ella también deseaba pensar que aquello era verdad.

Empezó a irse al jardín de la casa de al lado. Las amapolas y las margaritas no nos llevamos bien. Él decía que nada cambiaba entre nosotros. Palabras vacías que se clavaban en mi frágil tallo para ir lastimando poco a poco mi alma. A mi pregunta "¿y si te quedas conmigo?" mintió con su afirmación.

Un día se fue y no volvió. Se olvidó de mí. Como si todas las promesas, sueños y risas no hubieran existido en su memoria. Yo me quedé aquí, esperándola, como una tonta flor que espera lluvia en agosto. Le envié mensajes: el viento, los pájaros y algunos insectos me ayudaron a hacerle llegar cada palabra. No respondió.
 
Los dueños del jardín me vieron marchitar y me sacaron, me aislaron en una maceta y me cuidaron como si estuviera enferma. Le echaba de menos. Le quería como él nunca lo haría conmigo.

Gracias a ellos he vuelto a mi jardín. Tengo color en mis pétalos y el perfume, aunque desprende la nostalgia del pasado, huele bien. Él sabe que sigo aquí, que le perdonaría si regresara, pero no lo hace. Mi caracol no vuelve la vista atrás. Me siento triste; temo volver salada el agua que bebo. ¿Es que no soy capaz de retener a quien me importa? 

Mi dueña me contó que a veces la gente se distancia por causas ajenas a su voluntad. Me confesó que algo así le ocurrió con su mejor amigo, con quien había compartido momentos de todo tipo. Ella también llora. Pero eso no justifica mi caso, Enero, mi caracol, se fue, se marchó por su propia voluntad. Y no regresa porque no quiere. Quizás caiga una tormenta, se asuste y vuelva a la protección de mis hojas. No lo sé. Ahora ni siquiera sé si deseo su regreso. Le he visto pasar de largo frente a mi jardín; incluso ahora habla de otra manera. Parece que haya cambiado, que no sea el pequeño caracol del que me enamoré... o, tal vez, haya cambiado mi forma de verle. 

Dicen que cuando alguien se va de nuestra vida en un momento determinado, es porque debía ser así, que las estrellas pueden ser fugaces o fijas y, por muy bonitas que nos parezcan las primeras, sólo están de paso en nuestra noche. Mi dueña me ha dicho que hay que mimar a las que no se van, a quienes se quedan para siempre, aunque también podemos deleitarnos con la puntual compañía de quienes se marchan algún día. Piensa que de todo se aprende... que la risa es sana y el llanto necesario para valorarla. Supongo que tiene razón, pero no me gusta. De hecho, las promesas, sueños y risas para compartir, las he guardado en lo más profundo de mis raíces.

domingo, 13 de marzo de 2011

Demetrio, un sapito agradable

¡Hola!

Hoy os voy a contar una historia bastante curiosa sobre un sapito llamado Demetrio.

Demetrio era muy grande, verde y con manchitas más oscuras en su piel. Tenía unos enormes ojos, aunque siempre estaban cansados y los párpados quedaban a mitad de sus pupilas casi. Su boca era grande, muy grande, y sus patas, cuando se estiraba, larguísimas.

Había salido a pasear por el parque cuando un niño pequeño le vio. Entonces, corrió hacia él, alejándose de su padre, para darle un beso fugaz y volver a los brazos de quien había abandonado por un instante. Sus mejillas se hicieron redonditas.
Os estaréis preguntando ¿No se puso colorado?
Pues no; le crecieron las mejillas.
Sí. Cosas de sapos.

Resulta que esa mañana yo también había salido a dar una vuelta por el mismo sitio que él, y me lo encontré echado en un banco, suspirando.

Se me ocurrió pensar que igual se sentía triste, así que le saludé.

-Hola señor sapo.
-Hola señora humana.
-Puede llamarme Toñi.
-Demetrio.
-¿Por qué está usted tan apesadumbrado en un día tan agradable como este?
-¿Es agradable porque hace sol?

Me quedé callada. No me esperaba esa respuesta.

-Sí. Se oyen las risas de los niños, la gente sale a pasear, se puede ver la puesta de sol, a la noche, las estrellas... se huelen mejor las flores y la hierba, se puede lucir casi cualquier vestido, se abren las terrazas de los bares y todo es más bonito. ¿No lo cree usted así?
-No.
-Pero, no lo entiendo...
-¿Alguna vez ha caminado bajo la lluvia durante mucho rato para ir a casa de alguien importante? No me refiero a un alcalde o un famoso, sino a un amigo, un primo, una pareja, un padre, una madre, un hermano. Bajo el sol es fácil salir a la calle, pero... ¿y bajo la lluvia?
¿Alguna vez alguien lo ha hecho por usted?
¿Alguna vez ha esperado con ganas que dejara de llover para salir a jugar, y cuando lo ha hecho, se ha impresionado con un arcoiris? ¿Se encontraba en ese momento con alguien especial para usted?
¿Alguna vez, señorita Toñi, se ha refugiado en un abrazo del ruido de una tormenta?
¿Alguna vez ha jugado bajo la lluvia, a cualquier cosa? Sí, quedando empapada, riendo porque sí.
¿Alguna vez ha besado a alguien mientras las gotas de agua se deslizaban por sus rostros?
¿Alguna vez ha tenido el paraguas abierto, lo ha tocado, y ha pensado que estaba tocando el cielo de ese momento con sus manos?


Esas preguntas me dejaron sin palabras.

-Los días no son agradables porque al clima le apetezca, sino porque uno así lo quiere.
-Entonces, ¿por qué no es feliz?
-¿Yo? Lo soy, querida, lo soy...
-No es cierto. Le he encontrado suspirando con la vista perdida en la nada...
-Porque hoy no es un día agradable para mí.
-¿Sería inmiscuirme demasiado en su vida si le pregunto la razón?
-Sí, pero no me importa. He venido a este lugar donde miles de recuerdos han renacido en mi mente, como fotografías que se guardan un álbum y no se vuelven a ver hasta que se decide hacer limpieza del baúl. Se inmortalizan momentos hermosos, con los que se reviven sentimientos llenos de esperanza, nostalgia y gratitud. Pero también aparecen aquellos que se habían decidido olvidar por cualquier razón. Algo que se hizo de lo que la persona en cuestión se arrepiente de haber hecho o de no haberlo llevado a cabo; o, simplemente, algo desagradable que ocurrió en su vida.
Toñi, al mirar viejas fotografías recordará muchas cosas, incluso aquellas que quiso olvidar.
-¿Se siente triste porque ha visto una foto?
-Menciona "una foto" como si no fuera más que papel impreso.
-No pretendía ofenderle.
-No lo ha hecho, pero permítame corregir su afirmación: es mucho más que eso, es un recuerdo.
-¿Se arrepiente de algo que hizo?
-Sí. Hace años.
-Pero eso está en el pasado, ahora vivimos en el presente.
-Somos lo que somos por lo que hemos vivido. No puedo olvidar de dónde vengo.
-Cada segundo que transcurre en nuestra vida son decisiones que tomamos, señor Demetrio. Si un minuto contiene 60 segundos, ¿cuántos habrá vivido usted? ¿cuántas decisiones habrá tomado? Los recuerdos se construyen a base de errores, de sorpresas, de aciertos, de incertidumbre, de encuentros, desencuentros, tristezas y alegrías... ¡igual que existen días soleados y de tormenta! Si en algo se equivocó, no debe culparse.
-Pero lastimé a Patricia, la ranita que me ha acompañado tantos años. Hace mucho que no sé de ella, y aún...
-Demetrio, ¿se disculpó usted?
-No lo suficiente.
-¿Ella le perdonó?
-Me dijo que sí.
-Entonces debería perdonarse a sí mismo. Si no cierra su paraguas, no podrá apreciar la luz del sol, ¿no cree? Tal vez ya no llueva ahí fuera.

El sapito dejó caer una lágrima por su verde piel.

-No tenga miedo de reír, de ser feliz. Quítese esa espina que no ha querido dejar de llevar consigo. Todos nos equivocamos, escribimos el final que no toca... pero para eso está el perdón, para tachar con una línea ese párrafo y reescribir algo nuevo, algo mejor.
El daño, si es grande, como el párrafo, no se olvida, pero eso no quiere decir que no tenga solución. Seguramente ella ya no piense en eso. No lo haga usted tampoco. Hay que aprender a perdonarnos a nosotros mismos, sólo así podremos disfrutar de días agradables como este, de momentos que también lo sean por la sencilla razón de que está vivo.
-Quizá tenga razón.
-Quizá.
-Gracias, Toñi.
-Oiga señor sapo, ¿le apetece columpiarse conmigo? -No me había dado cuenta de la repentina aparición del chiquillo que acababa de intervenir.
-¿Habla en serio?

La sonrisa del pequeño de antes, el que le había besado fugazmente, bastó como respuesta.

-Está bien.

Y así, el niño y el sapo se hicieron amigos. Demetrio volvió a reír, a divertirse. Había aprendido una importante lección aquella mañana, había aprendido a perdonarse a sí mismo.

Por mi parte, esbocé una sonrisa antes de marcharme. Yo también había aprendido algo muy importante: un día lluvioso también podía ser agradable.

viernes, 18 de febrero de 2011

¿Punto final?

−Se acabó la función.
−No habrá punto final en nuestra historia mientras me acuerde de ti. Todo ese tiempo te estaré esperando, por si vuelves.
−Segundas partes nunca fueron buenas.
−Siempre nos han gustado los retos.
−Y llevarle la contraria al mundo. Tienes razón.
−Quédate esta noche.
−Si lo hago, no podré marcharme.
−Entonces no te vayas.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Quiérete

Alicia era una joven pedagoga que había encontrado trabajo como orientadora en un colegio de su barrio, concretamente, el mismo donde ella estudió. Le había pedido al director, a mediados de curso, la posibilidad  de estar una hora de cada clase como observadora. Durante este tiempo, Alicia iba anotando en su libreta cuanto creía de interés para su propósito. Después, el docente le facilitaba alguna fotografía para que pudiera identificar a los alumnos que considerase.

Tras realizar dicha labor en las aulas de primero y segundo de secundaria, estuvo un par de semanas paseando por el recreo, con su cuaderno y bolígrafo. Y más tarde, citó en su despacho, a veces de forma individual y otras en grupo, al alumnado. La primera reunión la tuvo con un grupo de chicos.

−Sentaos, por favor.

Los jóvenes obedecieron, con alguna sonrisa burlona.

−¿Sabéis por qué estáis aquí?
−No –respondió uno de ellos.
−Me gustaría proponeros algo. Os voy a narrar una situación, y vosotros imaginaréis, con los ojos cerrados, todo lo que yo diga.
−Puf, esto es una chorrada.
−Te recuerdo, Javier, que puedo hacer que te expulsen del colegio. Ahora, cerrad los ojos.

Alicia se levantó de su asiento y bajó las persianas, apagando después la luz.

−Os hablaré a nivel individual y así es como debéis recrear la situación, ¿de acuerdo? Bien... Piensa, por un momento, que no tienes a tus colegas de turno -comenzó la joven, con voz calmada y segura, hablando clara, serena y deteniéndose lo necesario para que se imaginasen la situación.- Estás completamente solo. Te insultan, te quitan el bocadillo, te pegan, y tú no sabes por qué. No puedes defenderte porque son muchos y tú sólo uno. Entonces llegas a tu casa. Te miras al espejo, y tras meses o años sufriendo te ves como una persona despreciable. Nadie te quiere. ¿Será culpa tuya? Te lamentas por ser quien eres. Te cuestionas si vale la pena la vida si sólo sirves para estorbar a los tuyos y para sufrir con los acosadores. Te castigas, te autolesiones moral y físicamente por si así consigues lidiar el sentimiento de auto-repulsión que no te deja tranquilo. Eso un día, tras otro, y otro.
¿Quién es el monstruo? ¿Quién es el culpable?
Hay una cosa que se llama empatía, otra que es... humanidad. Rescátalas del rincón olvidado de tu corazón. Porque tú también tienes uno, y tú podrías ser ese niño al que acosas. Porque sí, lo acosas.
¿Vas a seguir acosándole? Si la respuesta a esto es que sí, necesitas ayuda psiquiátrica.

Alicia calló. Pudo oír la respiración de quien llora al otro lado de la mesa. Quizás fuera sólo una persona, pero haber conseguido que al menos uno de ellos se diese cuenta del daño que hacía intentando ocultar su baja autoestima destruyendo la moral de los demás, ya era suficiente.


- No tenéis que demostrarle nada a nadie. No sois menos que ninguna otra persona. No hace falta que piséis a vuestros compañeros. Si os aceptáis tal y como sois, prestáis atención a vuestras virtudes, no sentiréis la absurda necesidad de destrozar las del resto. Yo confío en que podéis demostraros a vosotros mismos que sois personas de verdad.

La joven esperó unos instantes; ante la ausencia de respuesta, pidió al grupo que saliera del despacho y encendiese la luz. En cuanto cerraron la puerta, suspiró. Desconocía si lo que estaba haciendo serviría para algo. Unos golpes pidiendo permiso daban entrada al siguiente grupo. Esta vez eran ocho chicas, a las que hizo pasar por el mismo discurso que a los primeros. Se despidió de la misma manera. Ahora empezaba lo difícil.

−¿Se puede?
−Sí, claro pasa. Siéntate.

La chica obedeció en silencio, cohibida.

−¿Sabes por qué estás aquí?
−No, señorita.
−Llámame Alicia -sonrió. -Quería hablar contigo. No sé si te has dado cuenta de que me he estado paseando por las clases y el recreo.
−Sí.

La pedagoga suspiró.

−¿Se encuentra bien? -inquirió Fátima, la alumna.
−Sí, tranquila. Pero necesito que escuches lo que te voy a decir, ¿lo harás?
La chica asintió, intrigada. Entonces Alicia apagó la luz. Respiró hondo y dio comienzo a su discurso.

−A ti, que te castigas y no sabes por qué, yo te digo... ¡quiérete! Porque eres una persona fantástica, porque no estás sola, porque te quieren, porque puedes contar con ellos y si no, yo estoy aquí para ello. ¡Porque en todo el mundo no hay una sola persona como tú! Eres fuerte, yo lo sé, y tú también, sólo tienes que creértelo, confiar en ti, en que puedes pararlo.
A veces empezarás y no serás consciente, pero intenta darte cuenta pronto. En cuanto lo hagas, ¡para! Recuerda que eres una persona maravillosa, que no estás sola, que te quieren, que les haces falta, que puedes contar con ellos, conmigo.
Ayuda estar acompañada, no culparse por las discusiones en las que estés involucrada de alguna manera. No castigarse.
No lo mereces. No te lo mereces. Cambia cicatrices abiertas por sonrisas en tu cara. Porque en el fondo lo deseas. Porque sólo necesitas quererte un poquito más, confiar en que puedes hacerlo, en que eres capaz de aceptarte tal y como eres. Porque todos tenemos cosas buenas y malas, es parte del encanto de las personas. No deseches tus virtudes y cualidades, porque son muchas. Acéptate. Tienes derecho a quererte. A valorarte. A que te gustes, a que seas quien eres sin que tengas que sentirte culpable por ello. Porque ante todo, eres persona.
Yo no te conozco, y sin embargo, confío en ti. Hazlo tú también. No estás sola. Aunque a veces no veamos a nadie... ¡ellos están ahí! Cuenta con ellos, porque sabrán entenderte.
Siéntete orgullosa de ser quien eres, porque eres especial, porque no hay nadie como tú. Porque estas palabras se han unido hoy para ti...

De repente, unos brazos rodearon a la orientadora del colegio. Un abrazo. Fátima le estaba dando un abrazo. Alicia correspondió el gesto unos segundos para luego acariciar con sus manos las de la joven, dirigiéndose con masajes a las muñecas. Entonces notó un par de cicatrices. Bajó su cabeza para besar ambas secuelas de autolesión.

−Fátima, eres una persona maravillosa. Créetelo. No hace falta que te hagas la fuerte con tus amigas, porque ellas te quieren tal y como eres... hagas lo que hagas, digas lo que digas. Confía en ellas, en tus padres, en mí, pero sobretodo, confía en ti. Quiérete. No te castigues porque no tienes la culpa de nada. Recuerda que eres fantástica, simplemente porque existes.

La chica, sin mediar palabra, salió de la habitación. Alicia encendió de nuevo la luz y sacó un pañuelo del bolsillo. Y así, recibió a todo el alumnado cuyo nombre figurase en su libreta durante dos semanas. Ahora les tocaba a los profesores, a quienes preparó para una reunión en la sala de profesores, una tarde del segundo cuatrimestre. Había repasado una veintena de veces el discurso que daría.
Y llegó el día.
Allí se encontraba todo el profesorado, incluyendo el de primaria.
Respiró hondo y...

−Buenas tardes. Les he reunido para hablar con ustedes acerca del acoso escolar. Ese fenómeno que rara vez aparece en televisión, que estamos cansados de ver en Internet, y que ocurre en todos los centros educativos en mayor o menos medida. La verdad es que cuando estuve preparando esto que oyen, pensé en incluir diapositivas con estudios, estadísticas y datos que corroborasen lo que digo, pero prefiero tratar lo importante, el mensaje con el que deseo que se queden.
Como ya sabrán, muchos niños y niñas sufren acoso escolar y no lo dicen. A los profesores, porque saben (por experiencia de otras ocasiones con otros alumnos) que sólo servirá para empeorar las cosas; a un amigo, porque generalmente intentan no parecer débiles, con problemas, prefieren ayudar, ya que sentir que ellos necesitan ayuda les duele... tienen que hacerse los fuertes, ser útiles para sus amigos, sentir que su vida sirve para algo; y a los padres, por orgullo, quieren demostrar que son buenos hijos, que se llevan bien con todos, que no son malas personas, que no les odia todo el mundo... que no son un estorbo para la gente.
El peor sentimiento de estas personas es la culpabilidad. Sienten que lo que les pasa es por culpa suya, por no ser de otra manera. Entonces dejan de ser conscientes de que están sufriendo acoso escolar para creer que es un castigo por ser quienes son, y no conforme con ello, sienten la necesidad de autocastigarse también.
Sinceramente, creo que se podría hacer mucho más de lo que se hace. Las consecuencias de todo esto es clara: algunos se suicidan, otros se conforman con la autolesión repetida, y otros se convierten en acosadores (ojo por ojo, diente por diente, y el mundo acabará ciego...).
La razón de este discurso, es que se conciencien de que se encuentran en una escuela donde esto ocurre en las aulas en las que imparten sus clases. Se necesita profesorado dispuesto a ejercer su profesión por vocación, que cada día se levante de la cama con ganas de ayudar a un niño o a una niña, aunque llueva en casa. Es muy fácil desviar la mirada y fingir que no se sabe nada, pero tienen ustedes en sus manos la posibilidad de cambiar a las personas. Sus alumnos son el futuro. Si aprenden a respetarse entre ellos, a aceptarse a sí mismos y al resto tal y como son, el mañana será más bello seguro.
Es una tarea difícil, que muchos darán por "tontería". Pero pensad que ese niño o esa niña, podrían haber sido ustedes.

−¿Y qué hacemos con los chulitos de clase? Te levantan la voz, insultan... ¡y se quedan tan tranquilos! por más que les expulsemos...

−Ofreciendo mi opinión, la expulsión es tan inútil como las multas de tráfico. Si un joven conduce borracho, una multa económica le va a dar igual, sobre todo si no es él quien la paga. En cambio, si a ese joven se le hace pasar dos semanas en un centro de parapléjicos, cuidando de ellos, se lo pensará dos veces antes de volver realizar la temerosa acción de conducir ebrio. Con la expulsión ocurre lo mismo. No hay que apartarlos de en medio durante unos días, hay que conseguir que no vuelvan a dañar a sus compañeros. ¿Cómo? Con terapias, discursos que conciencien, historias... Que no es mucho, pero si se hiciera y al menos uno de esos chiquillos cambiara su conducta, habríamos conseguido la primera victoria. En sus manos tienen la educación, el arma más poderosa que inventó el ser humano. Hagamos uso de este conocimiento para mejorar la sociedad desde la raíz.

Alicia suspiró, y el profesorado aplaudió. Ella sonrió. Pensó en la posibilidad de que absolutamente nada cambiara en ese centro escolar; en tal caso, buscaría alguna alternativa que contribuyera a erradicar de la educación la violación de los derechos humanos, ¡no se iba a rendir!

Al fin y al cabo, si queremos cambiar el mundo, debemos empezar por nosotros mismos...